El tercer escenario

El tercer escenario

1_ZXmgKXGL87hjKBhJ4IidZA.jpeg

El tercer escenario

César Pascual Fernández. Coordinador de Proyectos Fundación SEDISA

En Directivos

Lenta pero inexorablemente nos acercamos al tercer escenario. ¿Qué tercer escenario? Aquel que se dibujaba como el más catastrófico para el país allá por junio del pasado año.

Un escenario con unas consecuencias aterradoras:

En primer lugar, la economía quedaría casi por completo intervenida, con producción bajo control, problemas de suministros y racionamiento para la población. La economía privada, sencillamente desaparecería, con muerte masiva de empresas. En nuestro país más de doscientas mil empresas cerrarían sus puertas, y el desempleo podría irse casi a los 6–7 millones de parados.

La caída del PIB y la subida de la deuda pública serían antológicas con una drástica disminución de gasto público, salarios de funcionarios y pensiones incluidas.

Dependeríamos exclusivamente de la ayuda europea. El Estado probablemente precisaría, además la intervención del FMI, ya que entraría en suspensión de pagos. Podría llegarse a la situación de producirse apagones en el suministro energético, de agua, gas o telecomunicaciones.

De esto, de lo que nadie quiere hablar, se trata si no logramos una vacunación masiva que nos permita comenzar una recuperación de nuestra economía ya maltrecha.

Algunos irresponsables hablan de salvar la Semana Santa como ya hablaron en su momento de salvar la Navidad. Una mirada cortoplacista en busca del rédito rápido que nos conduce a la ruina.

Porque nadie duda que salir, saldremos de esta crisis. Pero lo que no sabe nadie ni puede aventurarlo es el precio que pagaremos. Porque el desastre de la campaña de vacunación (por causas ajenas y propias), las nuevas y agresivas cepas del virus, el cansancio de la población, etc. hacen que no sepamos cuándo podremos salir de esta situación, peor aún no sepamos, por desgracia, cuántos saldremos y tampoco cómo quedaremos. Pero lo que sí sabemos a ciencia cierta es una cosa: el daño colateral que la pandemia dejará a la economía.

No se trata de asustar, sino, simplemente, de analizar lo que se nos viene encima si no conseguimos reaccionar. Porque para reaccionar primero hay que reconocer la extrema gravedad de la situación y salir de esta especie de anestesia insensible en la que parece nos ha sumido la pandemia, como si no quisiéramos aceptar la realidad.

Porque todos los escenarios posibles impactaban severamente sobre nuestro sistema sanitario. Pero la mera idea de acercarnos al tercer escenario supondría probablemente un golpe para el sistema sanitario del que tardaría mucho en recuperarse.

De todos es conocido que la pandemia de Covid-19 ha sacado a la luz muchos déficits importantes en el conjunto del sistema sanitario. Pero si bien nuestras organizaciones han resistido como buenamente han podido la tensión a la que han sido sometidas, al sistema sanitario no le podemos exigir más elasticidad. Está dando de sí todo lo que puede. Y lo está haciendo bajo una enorme presión con unos profesionales cercanos a la extenuación.

Porque si la economía va a quedar para la UCI qué diremos de nuestro sistema sanitario que tendrá que restañar heridas durante mucho tiempo. Sin haber logrado apagar del todo los rescoldos de la anterior crisis nuestras organizaciones sanitarias se han visto abocadas a un nuevo caos donde las soluciones simplistas que plantean algunos lo único que aportan es más incertidumbre. Peor aun cuando los que proponen son resignados ante la situación que han claudicado o renegados que tan solo dejan traslucir su frustración.

Todos somos conscientes que necesitamos dibujar un futuro para el SNS y las organizaciones sanitarias y que dicho futuro pasa inexcusablemente por una transformación profunda y en muchos casos disruptiva pero no parece haber tanta unanimidad a la hora de ponerse en marcha. Porque en un momento como este nadie puede permitirse parar a mirarse el ombligo. Tenemos que tener una misión común, algo compartido que va más allá de los intereses de cada uno de nosotros.

Pero además del sistema sanitario todos han de ser capaces de reaccionar. Los ciudadanos deben asumir que aún queda una pesada carga durante mucho tiempo y no creo que se puedan plantear volver a una relativa normalidad hasta pasado el otoño o el año próximo. Porque todo hace indicar que tendremos que seguir con mascarilla, habrá control de eventos y las medidas de seguridad seguirán vigentes mucho tiempo.

Por otra parte, los gobernantes habrán de ser capaces de buscar todas las alianzas posibles para lograr un objetivo único: vacunación masiva. En vez de dedicarse a verter acusaciones contra la industria farmacéutica (que no olvidemos, con mayor o menor ayuda financiera pública, ha sido quien ha investigado y desarrollado las vacunas) deben buscar la fórmula de apoyarla para que sea capaz de incrementar la producción de vacunas (cuestión que, demagogias aparte, no es tampoco fácil). Pero sobre todo deberán articular los mecanismos operativos para que la vacunación sea masiva y en el menor plazo de tiempo posible. Los mecanismos operativos y los administrativos que en ningún caso han de suponer obstáculo alguno a la vacunación como ahora está sucediendo en no pocas ocasiones.

Porque al final, aunque nos acerquemos no nos podemos permitir llegar al tercer escenario.