Ni es una crisis sanitaria, ni incluso solo una crisis de salud pública, es un fallo en la…

Ni es una crisis sanitaria, ni incluso solo una crisis de salud pública, es un fallo en la…

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Ni es una crisis sanitaria, ni incluso sólo una crisis de salud pública, es un fallo en la planificación estratégica de los servicios sanitarios

Mariano Guerrero es Vicepresidente de la Fundacion Sedisa y Catedrático de Gestion y Planificación Sanitaria en la Universidad Católica de Murcia, UCAM

En Directivos

Desde que se publicara en España el libro de Raynald Pineault en 1987, por cierto, prologado por el exministro Garcia Vargas, se ha venido hablando de los tres escalones en la planificación sanitaria, y de la necesaria coordinación entre ellos, así como de las repercusiones que el fallo de uno de ellos provoca en la totalidad del sistema.

Intentando ser muy claro, estos diferentes escalones son de abajo hacia arriba, la planificación clínica, la planificación operativa y la planificación estratégica. Y así se lo explicamos a los alumnos de 5º curso en la asignatura de Gestion y Planificación de los servicios sanitarios en la carrera de Medicina en la UCAM.

La planificación clínica, lo que hacemos los médicos, la más cercana a la cotidianidad sanitaria, se basa en que, tras un examen diagnóstico, se planifica un diagnóstico y un tratamiento. Eso sí, basado en la evidencia científica, intentando ser lo más eficiente posible, sin olvidar que la eficiencia no solo es un atributo de la calidad asistencial, sino que es un imperativo ético, cuando de dinero público se trate. En este escalón de la planificación sanitaria, lo único que ha podido fallar ha sido el desconocimiento de la etiología y de la patogenia del virus, en lo demás se ha estado al altura del heroísmo.

El segundo escalón de la planificación sanitaria es la planificación estructural u operativa, la que hacen los gestores sanitarios, más concretamente la que hacen los directores, los coordinadores y, sobre todo, los gerentes de las organizaciones sanitarias, los gestores de la salud, como ahora nos llaman. En este escalón se ha realizado un esfuerzo titánico y una capacidad de innovación organizativa espectacular.

Se trata de gestionar organizaciones, con tecnologías muy sofisticadas, con profesionales muy bien preparados, y en los comienzos de la era digital. Todo ello lo hace especialmente complicado y a su vez atractivo. Muchas veces se dijo que no había una organización más compleja para gestionar que un hospital, con un alto porcentaje de personas muy cualificadas, muchos recursos humanos por metro cuadrado y, un gran impacto social de todo lo que allí pasa. En ellas el gerente tiene la labor de coordinar a los maestros los clínicos, como expresión de una gestión inteligente.

Ha sido evidente que la experiencia profesional y los conocimientos en la gestión y manejo de las organizaciones altamente complejas se ha realizado bien, no exenta de dificultades, y por ello las organizaciones sanitarias clínicas y gestoras se merecen un gran reconocimiento por su labor en la gestión de esta pandemia.

Pero yendo al tema, el tercer escalón de la planificación, y sigo refiriéndome al libro de Pineault, es la planificación estratégica. Lo que se llama planificación sanitaria política, cuya herramienta fundamental son los Planes de Salud.

La planificación estratégica es fundamental para el buen funcionamiento de la organización sanitaria, para que ésta dé respuestas, que ejecutadas por la planificadores organizacionales y por los planificadores clínicos, sean eficaces y eficientes.

Una de las discusiones que poco se han abordado en esta crisis es el contenido de los planes de salud, como herramienta política, y de la política sanitaria con letras mayúsculas, ya que en la estructura del Gobierno existe un Ministerio de Sanidad.

Poco se ha discutido que debe de incluir un plan de salud, muchos de ellos elaborados y, lo digo con mucho respeto, como actualizaciones de las anteriores versiones, muy centrados en las campañas de prevención de enfermedades y desde años muy dirigidos al impacto del envejecimiento poblacional en los servicios sanitarios y a la gestión de las patologías crónicas.

Todo ello está muy bien, pero sin embargo, hay limbos en la planificación sanitaria estratégica, en referencia a temas fundamentales, como son la gestión de las crisis sanitarias, de las pandemias, de los ataques biológicos o físicos, o inclusive de las guerras armamentísticas. Es como si no uno pensara, el para qué de un seguro de enfermedad, si se sospecha que nunca enfermará.

Desde el momento de las trasferencias sanitarias a las Comunidades Autónomas, concluido ahora hace más de veinte años, la planificación sanitaria política ha quedado en terreno de nadie, y esto incluye las actuaciones de gran calado en la salud pública. Sufrimos el que el Consejo Interterritorial ha pasado de ser un foro de coordinación y puesta en común, a convertirse en otro foro político, con discusiones cargadas de ideología política, que poco o nada importan a los ciudadanos de a pie, dejando al descubierto la necesaria colaboración y actuación ante emergencias nacionales, ya que el Consejo Interterritorial es donde se completa la función del Ministerio de Sanidad del Gobierno de España.

Nadie prevé, en sus planes políticos, que siempre son cortoplacistas que puedan existir pandemias, ni se habla de gestión de crisis, ni de posibles efectos biológicos y físicos que afectan a la población. Por ello nadie está preparado, salvo el Ejército y las Fuerzas Armadas que esto lo lleva a raja tabla.

En segundo lugar cuando esto ocurre, con cierta seguridad o previsión, hay miedo a decirlo, y se oculta todo lo que se puede, para evitar, dicen, alterar el estado del bienestar, en un mundo acostumbrado a vivir en zonas de confort, con un sistema sanitario que todo lo podía.

En tercer lugar no hay previsiones de actuación, ni organizativas, ni técnicas y, además, se actúa tarde, nadie acepta ser el responsable, aunque sabemos que la planificación sanitaria estratégica es una responsabilidad los políticos y sus asesores sanitarios.

Utilizando la frase de Ortega “ no sabemos lo que nos pasa y eso es lo que nos pasa”, debemos decir con contundencia que sí sabemos lo que nos pasa, que ha fallado ha sido la planificación estratégica y ello ha derrumbado la planificación estructural en las organizaciones sanitarias, hospitales y los demás centros sanitarios, y la planificación clínica, es decir, ha habido una reacción en cadena que ha generado caos, confusión, dolor y 30.000 muertos, a pesar de la calidad de los servicios sanitarios, los buenos servicios sanitarios españoles.

Sabemos que cuando se derriba la base, el edificio se cae, se derrumba, a pesar de los esfuerzos titánicos de los habitantes en reforzarlo, incluso con riesgo de su vida, como ha ocurrido con los profesionales clínicos y de la gestión sanitaria, que han enfermado y muerto.

Más que nunca debemos de recordar que la planificación sanitaria existe, que hay que sabérsela, estudiarla, tenerla en cuenta y a punto, desarrollarla, y así se eliminarán muchas de las equivocaciones, improvisaciones, heroísmos, y sobre todo muertes que han sucedido, y que a día de hoy siguen ocurriendo.

Los héroes, en el sector sanitario, han sido los profesionales clínicos, médicos, personal de y enfermería y de apoyo y los directores y gerentes, que han intentado sujetar un sistema sanitario bueno, pero que ha demostrado una importante debilidad estructural.

Las actuaciones de las autoridades y de los responsables de los planes de salud, de la gestión de emergencias, y de la salud pública, no han estado alerta, no han sabido actuar, han llegado tarde, y aun no sabemos por qué.

Eso es lo que nos ha pasado y no reconocerlo es lo peor que nos puede ocurrir. Sabemos que quien no reconoce sus errores no está capacitado para mejorar.

No basta con decir que las decisiones políticas se han apoyado en los técnicos y expertos. Sería más ético reconocer que no se ha estado preparado para ello. Es decir, que no se ha dado la talla.

Ha habido muchos muertos, demasiados, como demasiado ha sido el dolor, la indefinición y la injusticia por las muertes innecesarias, y el modo como han ocurrido, muchas sanitariamente evitables, si se hubiera estado alerta en tiempo y forma.