Redundancia, confianza y resiliencia

Redundancia, confianza y resiliencia

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Redundancia, confianza y resiliencia

Lola Alguacil. Directiva de servicios de Salud y socia de SEDISA

En Directivos

No son pocas las voces que claman la necesidad de profesionalizar la gestión sanitaria en este país.

Los mejores profesionales de la gestión deberían liderar los profundos cambios estratégicos necesarios para hacer sostenible y viable el Sistema Sanitario; si no lo conseguimos, sin ninguna duda, estaremos aportando elementos que, entre otros muchos, estarían hipotecando su futuro.

Cada vez que se produce un cambio, y no necesariamente de partido político en el gobierno central o de las distintas CCAA, se suceden a su vez los movimientos en las gerencias de los centros y sus equipos, con mayor o menor intensidad, a veces de forma generalizada.

No valoramos suficientemente lo que estos procesos de cambio suponen para la vida, clima, estabilización y progreso de los centros y del trabajo de los profesionales en el día a día; En esencia, porque estas decisiones no afectan a la Institución en el corto plazo; nadie realiza un seguimiento posterior de lo que estos cambios significan.

Pareciera que cualquiera puede dirigir una institución sanitaria, cuando conocemos todos, que nuestras organizaciones son organismos vivos vulnerables, que viven en un continuo equilibrio, manejan consustancialmente la incertidumbre, mucho dinero, público o no, y de una complejidad extrema.

El respeto que hay que tenerle a este desempeño es de tal magnitud, que nadie debería aproximarse a esta función directiva sin la formación adecuada.

Debería hacerse desde el más profundo respeto y ejercicio de responsabilidad: gestionamos, en la más pura relación de agencia, los servicios que prestamos a los propietarios del sistema, y hay que rendir cuentas de lo que hacemos, cómo lo hacemos, de los resultados, de la gestión del dinero y debemos, además, generar confianza en los profesionales y para los pacientes y ciudadanía.

Somos inconscientes si no apostamos por la selección de directivos basada en criterios objetivos, por su formación continua, por la evaluación de su desempeño, por la evaluación sistemática de sus resultados al frente de los centros, y si no somos igualmente coherentes con los ceses injustificados.

Nos queda mucho camino por recorrer en cultura de evaluación de resultados en salud y de generación de conocimiento en torno a la esencia de nuestra razón de ser. Mucho trabajo por hacer aún y más entusiasmo a su vez, habría que ponerle a este empeño, y sin ninguna duda, la selección de directivos capaces es una de las asignaturas a superar.

Qué pocas veces escuchamos a los profesionales sobre si están o no, orgullosos de los equipos que los dirigen. De la misma manera que evaluamos en nuestra función directiva a los equipos de trabajo de nuestros centros, a través de distintos sistemas, vinculados o no a incentivos, deberíamos hacernos con la evaluación del directivo de abajo arriba y viceversa. Éste es uno de los retos a plantearse, que sin duda debe venir preñado de valentía por nuestra parte.

El proceso de cómo se producen los cambios en las gerencias de los centros (salvando alguna experiencia a imitar de algunas comunidades autónomas) no habla más que de la distancia que aún le queda al sistema por salvar, entre lo que deberíamos hacer y lo que estamos realmente haciendo.

Creo, que en el fondo, cuando hablamos “en privado” damos por supuesto que estos cambios son lo natural, cuando en realidad, no debería serlo; Se trata de algo mucho más profundo: en esencia, es un dilema sobre la Confianza.

La cuestión no es pues, si consideramos que los directivos deben ser profesionales de la gestión, la respuesta es para mí obvia, es una Redundancia, o al menos debería serlo, la cuestión que debemos plantearnos es cómo hacer que el político nombrado del que nadie parece dudar de su competencia, no dude a su vez, de los profesionales que dirigen los centros. La cuestión es, cómo hacer, para que les tengan confianza, cuando la demostración de sus resultados al frente de las instituciones no alberga duda de su capacidad.

Personalmente, creo que éste es el verdadero problema, y lo verdaderamente grave es no dar en la clave de la solución.

Al margen de lo anterior, que es lo trascendente, nadie parece preocuparse, por otra parte, de los daños colaterales que acciones de este tipo, tienen, no ya sobre las instituciones que se lideran, si no sobre las personas que lo han hecho. Profesionales a los que habría que entrenar especialmente en la Resiliencia, por la dureza que supone en lo personal, ser objeto de una acción de este tipo. Nadie cuida de nadie cuando se produce este cese, y sólo si has sido previsor tienes un nicho donde volver y seguir aportando, si te dejan.

Ninguna empresa inteligente, prescindiría de su talento de forma fútil.

Ojalá seamos capaces de evitarlo en los sucesivo y conseguir abiertamente la evaluación objetiva en nuestro desempeño, sobre todo, porque prescindir de los mejores pone en serio riesgo la misión y visión de nuestras organizaciones, y desde luego, en una sociedad en la que se habla de la gestión basada en el valor, no cabe otro planteamiento.